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Somos seres espirituales

En Liderazgo por Fermín LorenteDeja un comentario

Vivimos en 2 mundos a la vez, aunque la mayoría ignore tal circunstancia.

La mayoría de personas suele confundir espiritualidad con religión y, aunque ambas están relacionadas y en muchos casos y aspectos coincidan, lo cierto es que son dos cosas diferentes.

Las personas religiosas son personas espirituales. Los creyentes (sea cual sea su fe) creen que, tras este mundo, tras la muerte, existe algo más. Tener fe consiste precisamente en creer en algo que no se puede tocar, ver, ni demostrar. Por eso un “acto de fe” consiste en ejercer la acción voluntaria de creer en algo intangible y que no se podrá comprobar hasta después de morir. Tener fe significa tener la creencia y la seguridad interna de que una expectativa, una esperanza, o una profecía, se cumplirá.

El Cielo, el Paraíso, el Valhala, el Nirvana, o la reencarnación, por citar algunas maneras de trascender o de persistir, se fundamentan en que el espíritu (alma si lo prefieres) es inmortal. Por consiguiente, una vez “caduca la carcasa” la esencia o espíritu no se extingue y, puesto que es eterno, sencillamente cambia de estado, o va a otro lugar.

Miles de millones de personas tienen fe en algo hoy en día, sean poco o muy devotos y practicantes o no de su fe, lo cierto es que “esperan algo” En lo más íntimo, todos deseamos que no se acabe aquí, que nos espere algo nuevo y maravilloso.

Sin embargo, existen personas profundamente espirituales y que a la vez son ateas. Creen en el espíritu, pero no se alinean con ninguna religión concreta, con ningún Dios específico.

Las creencias pueden ser tantas y tan diferentes como las personas. Dicho de otro modo: el sistema de creencias es personal, cada uno cree en lo que cree. Y, lo que de verdad cree cada uno, se convierte en la verdad. O, mejor dicho, en “su” verdad, porque “la” verdad, sencillamente es algo que no existe, por mucho que algunos se esfuercen en demostrar o en imponer su razón, su verdad.

Pero no voy a tratar la religión, sino la espiritualidad porque, lo sepamos o no, determina lo que somos y lo que hacemos.

La espiritualidad ha existido desde que el mundo es mundo. Cuando el ser humano se ha enfrentado a cosas que le superaban o que no podía explicar o comprender: el firmamento y sus estrellas, la muerte, los milagros cotidianos de la naturaleza o, simplemente salir y ponerse el sol cada día, lo ha achacado a causas y fuerzas sobrenaturales, a algo que está más allá de su alcance y de su control.

Es lógico por tanto que los primeros dioses, espíritus, o las primeras creencias, estuviesen relacionados con las fuerzas de la naturaleza más próximas, con aquello que podían ver, pero que no podían entender ni controlar.

Los ríos, volcanes, montañas o accidentes geográficos singulares cobraban naturaleza de dioses protectores y beneficiosos, a la vez que dioses destructores y vengativos a los que temer por su inmenso poder.

El ser humano enseguida comprobó que esos dioses, tanto podían dar (cosechas, agua, o alimento) como quitar, “al enfurecerse”, todo eso. Incluyendo la propia vida.

También es lógico pues que los humanos buscasen una forma de hablar, de dirigirse y conectar con lo sobrenatural, creando imágenes representativas de sus dioses, símbolos o rituales por los que pedir buenas cosechas, la lluvia, caza, pesca, fertilidad, protección, o salud.

Hasta la llegada de las tres grandes religiones monoteístas (judía, musulmana y cristiana) que proponían un solo Dios omnipresente y omnipotente, en occidente se adoraban a las cosas más evidentes, como el sol, la tierra, y algunos símbolos y elementos singulares más o menos locales.

Las tribus indias de América estaban muy conectadas a la naturaleza, a la que habían concedido, además de lo visible, un gran desarrollo de espiritualidad, de intangibilidad, e infinitos rituales con los que rezar, pedir, o comunicarse con lo espiritual. Usaron drogas y bebidas capaces de alterar la percepción y capacidad de la mente con la intención de ascender, de acercarse y conectar con lo inmaterial.

En la actualidad aún se conoce como bebidas “espirituosas” a las bebidas alcohólicas con alto nivel de graduación. La razón es que el alcohol provoca ciertas desinhibiciones de la mente que alteran el estado de consciencia y, por consiguiente, de percepción de la realidad y, por supuesto, la posterior actuación.

Solo en oriente, especialmente en la India, se habían desarrollado corrientes de pensamiento y espiritualidad realmente profundos y complejos.

Los hindúes, los vedas y otras religiones del valle del Indo contaban ya entre 1.500 y 2.500 años de existencia cuando surgieron las principales religiones occidentales, las tres monoteístas que ya hemos citado. Datan pues de entre 3.500 y 4.500 años de antigüedad. Y aún persisten.

Los egipcios también habían desarrollado un sistema complejo de dioses y, sobre todo, del viaje al más allá, a la inmortalidad. El embalsamamiento de las momias, esconder las tumbas y las riquezas para la otra vida, o las grandes pirámides, son las muestras más visibles de la importancia que los egipcios daban a la trascendencia al mundo espiritual, al nuevo renacer.

Siempre ha existido la necesidad humana de conectarse con aquello que le supera o que no entiende, bien sea para pedir favor, encontrar sentido, o buscar esperanza tras la muerte.

San Agustín, un obispo y filósofo cristiano del siglo IV que, por supuesto llegó a santo, escribió un tratado de espiritualidad y de religión conocido habitualmente como “La ciudad de Dios”.

La obra, cuyo título completo es: La ciudad de Dios contra los paganos y que se desarrolla en 22 libros, es una comparativa entre 2 tipos de vida, una vida material (pagana) y una vida espiritual (cristiana) La idea central que transmite, es la siguiente:

Vivimos simultáneamente en dos ciudades. La ciudad visible del hombre se construye por las manos humanas a base de madera y piedra. Al mismo tiempo, Dios está construyendo una ciudad invisible en los corazones de todos los miembros del género humano. La ciudad de los humanos será destruida porque está construida sobre falsos valores de poder y riqueza. La ciudad de Dios perdurará porque está construida sobre amor”

¡El problema es que vivimos en las dos ciudades a la vez!

Si dejamos de lado las grandes creencias, actos y rituales religiosos, para centrarnos en lo cotidiano, en las pequeñas decisiones de cada día, es fácil comprobar cómo la espiritualidad está siempre presente en ellas. Lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos son, ante todo, decisiones espirituales basadas en nuestras creencias.

Hacemos lo que creemos que es correcto hacer, aquello que para nosotros “está bien” y nos sentimos mal cuando no actuamos de acuerdo a lo que creemos, aunque sea el acto más trivial.

Nuestro sistema de valores determina cuanto en la vida somos, hacemos y logramos.

Por tanto, si te paras a pensar, verás que todo cuanto hacemos en el mundo “exterior”, en el de la realidad tangible, es para satisfacer necesidades y deseos interiores e intangibles.
Todos nuestros deseos y anhelos existen solo en nuestro mundo interior, pero solo pueden ser satisfechos mediante la acción exterior.

Veamos un ejemplo sencillo que te ayudará a comprobar lo afirmado anteriormente:

Todo el mundo quiere tener dinero. La base universal del trabajo es un intercambio de fuerza o de inteligencia aplicadas, a cambio de un salario. El dinero obtenido se emplea en satisfacer diversas necesidades. Algunas, básicas e ineludibles como la alimentación. Otras, de rangos más intangibles, como el disfrute de comprar y poseer cosas, ahorrar dinero, o viajar, entre otras necesidades personales.

Si vamos un poco más allá, si nos preguntamos las razones de esas compras o de ese ahorro, el “para qué” lo hacemos, nos daremos cuenta de que tras ellas hay unas necesidades anteriores, de mayor rango y con claro carácter de intangibilidad.

Compramos cosas para satisfacer necesidades de poseer, de disfrutar, de prestigio, de pertenecía a determinados colectivos o estatus, de diferenciarnos, o cualquiera otra necesidad humana que pueda existir. Necesidades todas ellas internas e intangibles.

Si lo piensas bien, con el ahorro o con los planes de pensiones, intentamos comprar seguridad. Por si me pongo enfermo, por si las cosas van mal, para mis hijos, por si pasa algo, por si…

Todo cuanto hacemos en nuestro mundo de “madera y piedra” tiene su correspondencia en nuestro mundo interior.

Toda acción exterior, responde y obedece a una necesidad interior.

Las auténticas necesidades humanas, una vez cubiertas las básicas, están claramente identificadas. Los seres humanos deseamos cosas sencillas, como ser escuchados, que nos quieran, deseamos ser vistos por los demás, un poco de reconocimiento, ocupar nuestro lugar al sol.

A la vez intentamos evitar nuestros mayores miedos a los que, más tarde o más temprano, nos tendremos que enfrentar: el miedo a la pobreza, a la enfermedad, a la vejez y, finalmente, a la muerte. Si te fijas un poco, verás que todos van íntimamente relacionados.

Cuanto hacemos en el mundo, aunque seamos completamente inconscientes de por qué lo hacemos, tiene su inicio y justificación en el mundo interior. Mantenerse en forma y cuidarse, es lo que hacemos en este mundo para evitar o diferir, cuanto sea posible, lo inevitable.

Todo lo visible nace y se gesta en lo invisible.

Por tanto, si estás de acuerdo, si tiene para ti cierto criterio y sentido lo anterior ¿no sería lógico pararse a pensar, detenerse y hacerse algunas preguntas?

Preguntas sencillas como: ¿cuál es mi deseo más grande?, ¿qué posesiones me harán feliz?, ¿qué es lo que realmente deseo en esta vida? o ¿qué es lo que no anda bien?

También puedes hacerte preguntas de mayor calado, apuntando directamente al origen, al mundo interior como: ¿Para qué estoy aquí?, ¿cuál es mi propósito?, o tal vez aquella que los filósofos llevan siglos buscando: ¿quién soy yo?

Y si encuentras respuestas a tus preguntas, si realmente tienes una lista sobre lo que quieres y lo que no quieres en tu vida, sobre quién quieres ser, lo mejor es que, tras esos deseos, realices un buen plan.

Y para hacer buenos planes, la herramienta adecuada es una hoja de metas. Lo es porque tener metas y planes en tu vida, tiene, por sí mismo, la capacidad de alterar tu futuro, de cambiar y transformar tu vida, de dar sentido a lo que haces, de equilibrar tu rueda.

Se trata de poner intención en la acción, porque es sabido que “el futuro se construye en el presente”

Así que, sé honesto contigo mismo. Si no estás contento, si no estás bien, si hay algún malestar en ti, es sencillamente porque lo que eres y lo que haces no está alineado. No estás atendiendo correctamente a tus valores. Y la vida te lo hace saber con ese malestar, para que te detengas, reflexiones y cambies.

Y aún te diré más, en mi experiencia con empresarios, el primer malestar es que el dinero que obtienen de su trabajo no es suficiente o es claramente insuficiente.

Y eso suele llevarnos al segundo malestar, la falta de recursos hace que tengamos que hacerlo todo y, como consecuencia carecemos de tiempo.

La consecuencia de no tener tiempo es, sencillamente no tener vida. No hay tiempo para la familia, ni para el deporte, ni para los amigos, ni para las aficiones, ni para uno mismo. Hay que ir siempre corriendo y con prisas, apagando incendios.

¿Tienes tú ese malestar? Porque la buena noticia es que eso se puede mejorar y mucho.

La receta se llama “productividad” pasar de trabajar “arduamente” a trabajar “inteligentemente”

El problema es que antes de cambiar lo que haces, deberás cambiar lo que eres, si no, no funciona, aunque tú ya sabes eso ¿no?

Así que, tú elijes: seguir igual para siempre o cambiar todo eso. Llámame y hablemos un rato.

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Sobre el autor

Fermín Lorente

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Entrenador personal de directivos y empresarios.
Experto en mejorar resultados empresariales.
Formador en organización empresarial y en liderazgo.

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