New Deal - 104 - Tú, ¿por qué corres?

Tú, ¿por qué corres?

En Motivación por Fermín LorenteDeja un comentario

Encontrando tu motivación.

Corres cuando ves que se te va a escapar el autobús o el metro. Corres cuando llegas tarde a una visita o a una entrevista. Aprietas el paso cuando comienza a cerrarse la puerta del ascensor, o si ves que el semáforo va a cambiar.

Pisas “a fondo” si llegas tarde a un asunto importante, o si vas a perder, pongamos por ejemplo, un avión. Y si estás en un taxi y no puedes correr ni apretar nada, “te devoran los demonios”, tal el sentimiento de impotencia y frustración.

Cuando corres es sencillamente porque quieres alcanzar algo o porque huyes de algo.

Digamos que tienes motivos para correr, que estás motivado para actuar.

Y es harto conocido que la motivación no es otra cosa que los motivos que te ponen en acción.

Y también es conocido desde hace mucho que tan solo hay dos motivos que ponen a la gente en acción, o como digo yo, que hacen que movamos el culo (con perdón) Estos son:

  1. Obtener un beneficio.
  2. Evitar una pérdida.

Puedes cambiar los títulos y al primero le puedes llamar perseguir un sueño, alcanzar una ilusión, ganar un premio, mejorar alguna cosa, o como refieras llamarlo, pero en el fondo hablamos de lo mismo.

Al segundo puedes llamarlo también, evitar un dolor, un daño o unas consecuencias negativas, pero como ocurre en el caso anterior es tan solo la etiqueta que le pones, el sentimiento es el mismo.

Y no es nada que sea nuevo o desconocido:

Los hombres se mueven sólo por dos palancas: el miedo y el interés propioNapoleón Bonaparte

Y si te paras a pensar un momento, verás que, en definitiva, son las dos caras de la misma moneda ya que, al obtener el beneficio, evitas la pérdida y al evitar la pérdida, obtienes el beneficio.

Claro que hay pérdidas y pérdidas. Y hay beneficios y beneficios. En el caso de que se te escape el autobús quizás solo pierdas unos minutos de tu tiempo. Aunque esos minutos pueden causar la pérdida de otro transporte y éste a su vez que acabes perdiendo un avión.

Y perder un avión puede tener consecuencias considerables, desde perder un gran cliente, no llegar a una boda, o malograr unas vacaciones, por no hablar de las consecuencias económicas y las molestias de todo tipo que eso conlleva.

De hecho, cuando la pérdida es considerable, cuando nuestra mente y nuestro cuerpo perciben esa angustia que nos oprime ante la percepción de una pérdida grande, perdemos la razón, no vemos ni sentimos, atropellamos todo cuanto se nos pone por delante.

Cuando nos enfrentamos a una pérdida grande, tendemos a comportarnos compulsivamente.

Y hay una explicación para ello. La mente, cuando percibe una amenaza, digamos que “cierra” todos los canales, se enfoca “solo” en evitar la amenaza, en ponernos a salvo. Es un mecanismo automático e inconsciente de supervivencia.

Y ocurren cosas extraordinarias en nuestro cuerpo. El corazón se acelera, las arterias se dilatan para permitir un mayor flujo de sangre y de oxígeno y la sangre se dirige hacia las piernas.

Para dotarnos de mayor velocidad, la sangre se retira de lugares del cuerpo que no la usan en ese momento, incluyendo el cerebro. Estamos hablando del conocido mecanismo del estrés.

Pero hay más, el cerebro libera adrenalina en la sangre. Esa es la razón por la que, aunque te des un golpe con algo, ni siquiera te enteres, que no te duela (ahora claro, ya hablaremos después)

Y la pregunta es: ¿Qué te hace correr a ti?

O, lo que es lo mismo, ¿de qué tienes miedo?: ¿de no cumplir?, ¿no llegar?, ¿dejar cosas sin acabar?, ¿perder un trabajo?, ¿de perder un cliente?, ¿a quedar mal?, ¿de lo que puedan pensar de ti?, ¿o que se dañe la imagen de tu empresa?

Puedes darle la vuelta a la pregunta. Si prefieres el estilo positivo observa qué te ilusiona o te hace correr: ¿cumplir, llegar, acabar, quedar bien, hacer un cliente…?

Lo que te hace correr, lo que te motiva, se llama estrés, y existen dos tipos de estrés, el “bueno” y el “malo”.

El estrés bueno, también llamado eustrés, es el que hace que te despiertes a las 5 de la mañana de un domingo con una sonrisa en la cara porque sabes que vas a pasar un gran día. O el que hace que el tiempo vuele mientras realizas una actividad que te entusiasma, por pesada que sea. Es también el que hace que salgas a correr tú solo por las calles con un frío “de narices”

El estrés bueno te motiva a entrar en acción con ilusión, sabes que algo bueno va a pasar o vas a conseguir. Te mantiene “en la brecha” pese a los inconvenientes y dificultades. No importa si has de esperar, si has de invertir tiempo e incluso dinero. Los hobbies son un ejemplo de motivación hacia algo que nos gusta o apasiona. Y lo haces porque quieres.

El estrés malo, también llamado distrés, también hace que te despiertes a las 5 de la mañana de un domingo, pero, a diferencia del otro, no hay ninguna sonrisa en tu cara, más bien hay una mueca de disgusto y de mal humor. No “quieres” hacer algo, más bien “tienes” que hacer algo. No haces lo que tú realmente desearías.

Y, mientras el querer hacer, da placer, el “tener que hacer” da dolor.

La diferencia entre ambos tipos de estrés o de motivación y la razón de que se les diferencie entre bueno y malo, radica en que mientras el bueno “mete” alegría, ilusión y entusiasmo en tu cuerpo (eso sienta muy bien), el malo es una reacción corporal a una amenaza o pérdida previsible. Y lo que “mete” en tu cuerpo es ansiedad, taquicardia, esfuerzo y mal humor.

Un poco de estrés, es bueno y beneficioso. Si no existiese el estrés, si no tuviésemos motivos “para entrar en acción”, sencillamente no nos moveríamos de donde estamos.

Nos levantamos por la mañana por un motivo o razón. Sea por conseguir un sueldo, dinero por hacer nuestro trabajo, o lo hacemos para evitar perder el trabajo o nuestro negocio. Los domingos, si no existe un motivo, no estamos tan motivados a madrugar ¿no?

Una persona sentada en una silla, permanecería en ella si no la esperasen en su casa, tuviese hambre, o alguna necesidad que satisfacer. Si no hubiese un mínimo impulso, iríamos por la vida arrastrando los pies. Por esa razón, un poco de estrés en la vida es algo bueno.

A medio o largo plazo, el estrés malo, continuado y mantenido puede llegar a ser muy grave. Es una enfermedad profesional que en casos extremos puede llegar a ser mortal.

Las amenazas, percibidas por la mente como tales, aunque sean pequeñas como llegar tarde, son percibidas por el cuerpo como auténticas amenazas, haciendo que éste dispare una y otra vez el mecanismo de defensa del estrés. Y eso puede acabar pagándose muy caro.

Lo que diferencia a las personas que “disfrutan” o “padecen” uno u otro tipo de estrés es, sencillamente su estilo de gestión. O eres proactivo (y logras y disfrutas) o eres reactivo (y sufres y te arruinas).

Y la herramienta que hace que vayas hacia uno o hacia el otro es una sencilla hoja de papel. Se llama Hoja de Metas.

Es muy sencillo de entender. Las personas que saben lo que quieren en la vida y en la empresa, tienen objetivos. Quienes tienen objetivos tienen planes o metas. Quienes tienen metas en su vida, se mueven por prioridades, ¡sus propias prioridades!

Por tanto, saben decir NO a los demás ya que, además de tener planificado lo que quieren hacer, saben las consecuencias que acarreará decir sí cuando deben decir no. La pérdida o no lograr sus metas. Es un claro estilo “proactivo”.

Por otro lado, aquellas personas que no se han detenido seriamente a pensar en lo que desean de la vida, no tienen objetivos definidos, tienen, a lo sumo, deseos ambiguos.

Ningún deseo ambiguo conlleva un plan de acción. Y sin planes no hay acciones que planificar. Cuando no hay planes no existen prioridades. Y cuando no existen las propias prioridades, asumimos las urgencias y los problemas de los demás como propias.

Comenzamos a correr para satisfacer a los demás, cambiamos nuestros planes por miedo a perder y, en definitiva, a sufrir las consecuencias y el desprecio de los demás.

Así que, ya lo sabes, tú eliges: correr para ganar la carrera y la gloria, o correr por que te lo exigen, para no perder no se sabe qué.

Hay quien lleva toda la vida corriendo y aún no sabe por qué corre. Ni por quién.

Las metas llevan al logro al optimismo y a la autorrealización profesional y personal. Improvisar lleva a repetir lo mismo de cada día, a no lograr, a la sensación de fracaso, y en casos extremos a la ruina económica, y espiritual.

O corres para ti, o corres para otro. O corres para ti, o corres contra ti.

Si ya estás cansado de correr sin llegar a ningún sitio; si estás harto y quieres correr para ganar tu propia maratón, llámame, es mi trabajo, soy un entrenador personal en la vida y en los negocios, ese es mi oficio.

A mí me gusta salir a correr, pero no me gusta nada tener que correr.

¿Te apuntas a correr conmigo?

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Sobre el autor

Fermín Lorente

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Entrenador personal de directivos y empresarios.
Experto en mejorar resultados empresariales.
Formador en organización empresarial y en liderazgo.

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