New Deal - 90 - ¿Vamos a perder la próxima generación?

¿Vamos a perder la próxima generación?

En Rueda de la vida por Fermín Lorente0 Comments

Una crisis de valores.

¿Puede perderse una generación entera? Quizás, entera, entera, no, pero cuando una parte importante de un colectivo no prospera como cabría esperar, podemos afirmar que esa generación se ha malogrado, que no ha sido “aprovechada” por la comunidad.

Digamos que cuando alguna causa de rango mayor, como guerras mundiales o hecatombes, afecta globalmente a un colectivo joven cuyos frutos aún no han sido cosechados para el bien de la humanidad, se le da por perdido. Es entonces cuando se le otorga ese calificativo a toda una generación, el de “perdida”.

Generación perdida es el nombre que recibió un grupo de notables escritores estadounidenses que vivieron en París y en otras ciudades europeas en el periodo que va desde el final de la Primera Guerra Mundial en 1918, hasta la Gran Depresión el año 1929.

Durante una conversación cotidiana, Gertrude Stein, amiga íntima de Hemingway, le dice: «You’re all a Lost Generation». Esta expresión fue popularizada por Ernest Hemingway en sus obras Fiesta y París era una fiesta.

La Primera Guerra Mundial, en primer término, seguida de la Gran Depresión, propició que toda una generación se malograra, impidiendo brillar a futuras promesas y grandes talentos de la literatura norteamericana.

En ocasiones, la pérdida no es global, el efecto es más reducido y afecta tan solo a un continente, a algunos países o, debido a determinadas circunstancias, a un solo país.

Titular de diario: La ‘generación perdida’ en España: 1,4 millones de jóvenes desempleados y sin expectativas.

Para ampliar la información del extracto del artículo que sigue, clica aquí.

  • La ‘generación perdida’ está constituida por jóvenes que tienen entre 16 y 29 años, en paro y con estudios primarios o de educación secundaria.
  • En la actualidad hay 1,4 millones de españoles que tienen este perfil.
  • Además, el 63% de los jóvenes hasta 24 años se encuentran buscando su primer empleo o son parados de larga duración.

Cada vez con mayor frecuencia se recurre al término “generación perdida” para referirse a la actual juventud española. Pero, ¿quiénes forman parte de este grupo? ¿Qué dificultades sufren? ¿Cómo es el futuro que les espera?

Este colectivo está constituido por jóvenes que tienen entre 16 y 29 años, están en paro y cuentan con estudios primarios o de educación secundaria, según un estudio publicado por la consultora PeopleMatters. Además, estos jóvenes tendrán difícil el acceso o la reincorporación al mercado laboral, aunque la situación económica mejore. Según datos de la EPA, en la actualidad hay 1,4 millones de españoles que tienen este perfil.

¿Cómo es la generación perdida?

La tasa de desempleo juvenil es más baja entre las mujeres que entre los hombres, y la franja de edad que más sufre el desempleo es la que va de los 16 a los 19 años, con una tasa de paro del 72%. Respecto a los estudios, la mal llamada “generación ni-ni” tiende a los extremos, con una parte de los jóvenes con baja formación y otra con estudios muy altos, “existiendo escasa concentración de población con estudios de Formación Profesional”. Esto se traduce en que un 43% de los jóvenes que tienen empleo está realizando una actividad que requiere una formación inferior a su nivel de estudios.

Una crisis de valores.

Sin entrar en valoraciones sobre si ya hemos salido de la crisis, o de si aún estamos en el túnel, lo cierto es que llevamos ya una década sin tener un rumbo claro, sin una dirección bien definida.

Habíamos pasado crisis anteriores, pero no tan largas. Eran crisis que, tras apretarse un poco el cinturón, acababan pasando y todo volvía a la “normalidad” o al menos a lo que nosotros entendíamos como normal. Pero la actual ha sido una crisis estructural, ha marcado cambios profundos que permanecerán, ya nada volverá a ser igual.

Estamos jugando a un juego nuevo y la mayoría no conoce bien las reglas.

No existe nada que sea normal, aunque acabemos aceptando con ese término, una situación a la que, debido a su duración nos cambia, al adaptarnos a ella para sobrevivir, con el tiempo convertimos lo nuevo en “normal”, en habitual.

Los que tenemos cierta edad podemos mirar con perspectiva, podemos darnos cuenta de que, cuando éramos jóvenes, tener un coche no era tan normal. Y tampoco era normal (por la sencilla razón de que aún no existían) tener cosas como ordenadores, teléfonos (a veces ni de línea fija), aire acondicionado, plaza de garaje, o ascensor en nuestra finca.

Eran tiempos sencillos en los que nos gustaba trabajar. El trabajo en sí mismo, era valioso para nosotros, nos realizaba como personas. Y también nos permitía ganarnos unos “duros”, ahorrar y comprarnos un piso y formar una familia. Teníamos muy claras nuestras expectativas de futuro.

La gente solía comenzar de “aprendiz” una figura desaparecida, donde pasabas de “chico para todo” a ser un gran profesional con los años y el esfuerzo. Y cobrabas un sueldo que, creciendo contigo y con el tiempo, te permitía llevar esas expectativas adelante.

No habíamos oído hablar de cosas como el “paro”. Todo el que quería trabajar, tenía trabajo. Y punto. Cambiar de empresa era sencillo y aumentos salariales del 15 o del 20% anual, cuando adquirías valor, no era tan extraordinario.

Mi generación había adquirido, sin saberlo, valores como la paciencia, el esfuerzo, los estudios, la disciplina, el trabajo, o el respeto a los demás, especialmente, a los mayores, entre otros.

Tiempos en que cedías el asiento a personas mayores, callabas cuando hablaba un adulto, cedías el paso, abrías las puertas a otras personas, o te podía reñir cualquier desconocido si tu comportamiento no era el correcto. Y tú callabas y pasabas vergüenza, porque ni se te ocurría contestar. Tiempos en que los maestros eran eso, “maestros” educadores cuya autoridad jamás era cuestionada, más bien todo lo contrario.

El mundo ha cambiado, y sin que lo hayamos notado, también nos ha cambiado a nosotros. Ahora lo normal ya no es eso, ahora es otra cosa. Quienes han venido después, tienen otros valores, piensan y se comportan diferente. Ni tan solo pueden entender las cosas que entendemos nosotros. Es otra forma de vivir, de pensar y de sentir. Y también de actuar.

Ahora, la gran masa gris, una mayoría de la gente, ya no valora trabajar, sino cobrar. La realización personal a través del trabajo casi ha desaparecido. Por primera vez en la historia, los estudios ya no garantizan nada, ni tan solo un puesto de trabajo digno. Ante ese desencanto, apenas nadie quiere ya esforzarse, todo el mundo quiere las cosas fáciles. También hemos perdido la paciencia, nos hemos acelerado y buscamos la inmediatez, nadie quiere esperar, “lo quiero ¡ya!”.

Los medios de comunicación, nos han ido “educando” con sus cantos de sirena. Y nos los han repetido tantas veces, que hemos acabado por creérnoslo: “¿Lo quieres?, ¡Lo tienes!”, o “Porque tú te lo mereces…” Han encumbrado nuestro ego hasta alturas increíbles, donde los demás, apenas se atisban allá abajo.

Quizás por primera vez, la juventud ha dejado de ser “rebelde” e inconformista, algo inaudito, por ser algo consustancial de la juventud: el deseo de cambiar el mundo. Ahora la gran mayoría se conforma con un móvil, wifi, fiesta el fin de semana y poco más. Afortunadamente no todos, claro, pero la gran mayoría funciona así. No tienen sueños, no están motivados, no esperan nada.

Y en eso andamos, los padres, por un lado, los jóvenes por otro, y la sociedad y el mundo, no se sabe muy bien por dónde. Si te fijas, cada dos o tres años el mundo está del revés ¿o no?

No es de extrañar por tanto que andemos todos despistados, sin ver las cosas claras, sin atisbar un futuro predecible y seguro al que dirigirse. Y no es de extrañar tampoco que los padres anden preocupados, confusos, que no sepan moverse en esta nueva coyuntura, en la ausencia de expectativas claras de futuro de sus hijos.

Por si todo esto fuera poco, acabadas ya las familias numerosas (ya nadie tiene 7 u 11 hijos), hemos puesto nuestro foco de atención en nuestro hijo. Lo hemos puesto en el centro del universo, lo hemos sobreprotegido, sin darnos cuenta de que, al evitarle los dolores de la vida, lo hemos incapacitado para vivir, para enfrentarse a sus retos, superarlos y así crecer, como ha sido siempre.

Se lo hemos puesto todo demasiado fácil y no le hemos preparado para las dificultades, para los problemas y la frustración, los grandes maestros de la vida.

Algunos sentimos honda indignación cuando un joven dice que quiere ser “millonario” o “funcionario”.

Me indigno porque no te dice “quién” quiere ser, sino que te dice “qué” quiere ser. Y esta es cuestión fundamental porque el “quien” viene de dentro, mientras que el “que” es exterior y, en consecuencia, susceptible de perderse, no depende de uno. Ignoran que antes de tener, tienen que hacer, y que antes de hacer, tienen que llegar a ser. Eligen una vida “fácil, cómoda y sin esfuerzo”, como si tal cosa existiese…


Desde hace años, algunos clientes conscientes como yo de lo que está ocurriendo, me han ido haciendo preguntas como éstas:

  • Fermín, ¿no tienes algo para jóvenes?
  • Pues la verdad es que no, todo lo que trabajo es para empresarios y directivos. Ya sabes, temas de productividad, organización, ventas, liderazgo y gestión empresarial…
  • Ya, pero acabas hablando de valores, de visión, de metas y objetivos… de planes de futuro. Es que yo tengo un chaval que le vendría bien todo esto, no tiene muy claro ni qué estudiar ni qué hacer, tal como están hoy las cosas… Y no es que tenga problemas, es buen chaval, pero…

Yo no puedo responder a la pregunta de si vamos a perder o no la próxima generación, pero sí puedo hacer algo, lo que está en mis manos.

Y lo que está en mis manos es recopilar todo mi conocimiento y estudios, toda mi experiencia de años, y todas mis herramientas. Y ordenarlo todo y ponerlo a trabajar en una dirección y con un solo propósito; por eso mismo he creado un nuevo programa dirigido a jóvenes: Construyendo tu futuro. Sé líder y arquitecto de tu propia vida.

Éste es el propósito del programa:
Mediante la recuperación de valores de excelencia, ayudar a los jóvenes a ser “líderes y arquitectos de su propia vida” A descubrir sus talentos y habilidades para potenciarlos, a encontrar su propósito de vida y su misión. A definir los objetivos y los planes de acción para construir el futuro en el que vivirán de adultos. A dar lo mejor de sí mismos para vivir una vida plena, llena de elecciones conscientes, basadas en el propio sistema de valores.

Tu turno, ¿te parece interesante? ¿Crees que la inversión valdrá la pena? ¿Crees que tu hijo o hija lo merece? Yo ya he hecho mi trabajo, ¿a quién le toca ahora?


Sobre el autor

Fermín Lorente

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Entrenador personal de directivos y empresarios. Experto en mejorar resultados empresariales. Formador en organización empresarial y en liderazgo.

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