New Deal - 86 - ¿decir sí, o decir no?

¿Decir sí, o decir no?

En Productividad por Fermín Lorente0 Comments

¿Puedes venir un momento? ¿Me echas una mano? ¿Puedes mirarte esto? ¿Tienes un minuto? …

Sí, sí, sí, por supuesto que sí, ¡faltaría más!

¿Te has fijado?, ¡siempre decimos que sí!

Pero no solo decimos sí a nuestros colaboradores, jefes o compañeros, también decimos que sí a clientes, proveedores, amigos y familiares. Y, por si fuera poco, también decimos sí a nuestras propias peticiones internas, a nuestros pequeños deseos. Procrastinamos.

Y, al tratarse de una respuesta inconsciente, ni tan solo nos damos cuenta de a quién, o por qué, o para qué, respondemos afirmativamente. Somos unos autómatas inconscientes, dicho de otro modo, estamos “automatizados”.

Pero, ¿por qué?, ¿por qué decimos que sí cuando lo que realmente deseamos y deberíamos decir es que no?

Decimos que sí a ese cliente que tiene una urgencia (él, no nosotros) y que nos va a costar la tarde entera, o a todos nuestros colaboradores para que no se queden parados o cometan errores. Y así, sin ni tan solo darnos cuenta, creamos el caos del que luego culpamos a los demás, a cualquier chivo expiatorio. Pero, ¿por qué?, ¿a qué se debe ese comportamiento irracional y reactivo?

Pues según mi experiencia de años estando codo a codo con empresarios y empresarias, éstas son las principales razones por las que respondemos afirmativamente:

1 – Estamos programados para responder que sí, porque…

  • A nuestro cerebro no le gusta responder que no. Un “no” provoca una situación inconclusa, un cabo suelto, algo pendiente de resolver. Digamos que cuando respondes sí, todo fluye y concluye, pero el “no” provoca un cortocircuito en el flujo, genera un cierto bloqueo, no hay siguiente acción, nada a procesar, un vacío. Y eso detiene el programa, hay que reiniciar, y eso resulta incómodo, complicado.
  • Estamos habituados a decir sí. Hemos aprendido desde pequeños que, si queremos que nos acepten los demás, nos hemos de ajustar a las normas del grupo, colectivo o sociedad. Decir sí, nos abre puertas, decir no, nos las cierra. Y a fuerza de repetir y repetir, nos hemos creado la rutina inconsciente, el hábito de decir sí, sí a todo.

2 – Tenemos miedo a decir no.

  • Puede que no estés de acuerdo del todo, y que conscientemente creas que no es así. Sin embargo, decir “no” a nuestros compañeros, amigos o familiares, por no hablar del jefe, si lo tienes, va a granjearnos enemistades, ajustes, o pequeñas venganzas. Y no queremos eso (tenemos miedo) así que resulta menos conflictivo, menos comprometido, decir que sí, que decir que no. Preferimos asumir lo incómodo inmediato, que las futuras consecuencias.
  • No tenemos suficiente autoestima, voluntad, o coraje, para atender a nuestras propias necesidades por delante de las de los demás. La mayoría de personas cree, íntimamente, que las necesidades de los demás están por encima de las propias. Dicho de otra forma, les gusta ayudar a los demás antes de ayudarse a sí mismos. Aunque sepan que eso tiene un precio.

 3 – No tenemos prioridades.

  • Tal vez tampoco estés de acuerdo con esta afirmación, pero lo cierto es que todos tenemos poco tiempo y muchas más cosas que hacer que tiempo para hacerlas. Y, sin embargo, contestamos afirmativamente a casi cualquier petición. Si tuviésemos auténticas prioridades, diríamos que no, de lo contrario, ¿qué clase de prioridades son esas que, a la hora de la verdad, se postergan?

Otra de las razones por las que contestamos afirmativamente, es porque no somos capaces de ver las consecuencias y el alcance de nuestra respuesta. O, mejor dicho, sí que vemos las consecuencias inmediatas (se enfadará, perderé amigos, creerán que soy un prepotente…) pero no vemos las consecuencias reales posteriores para nosotros.

Mira algunas de las consecuencias de responder que sí, tal vez estés de acuerdo conmigo:

A – A corto plazo:

  • Trabajamos muchas más horas (hay que “recuperar” el tiempo).
  • Nuestra pila de carpetas y la lista de tareas pendientes crecen sin parar.
  • Retraso crónico, en el trabajo y en la vida.
  • No tenemos tiempo para nosotros (deporte, ocio, amigos…).
  • Llegamos tarde a casa y no estamos lo suficiente con nuestra familia.
  • Estrés y enfado permanente.
  • No somos proactivos ni productivos, tan solo nos arrastran las circunstancias (y lo sabemos, por eso andamos enfadados).

B – A largo plazo:

  • El negocio va mal, fruto de nuestra inconsciencia y baja productividad.
  • La salud, a veces física, a veces mental, también se resienten. Y nuestro ánimo.
  • Perdemos muchas cosas por el camino, la vida, por ejemplo, eso que transcurre mientras trabajamos. Bueno, yo lo dejo aquí, acaba tú la lista, si quieres…
No aprendemos, tengamos la edad que tengamos, aún no hemos caído en la cuenta de que cada vez que dices sí a una cosa, le estás diciendo no a otra cosa.

Si le dices sí a tu cliente, le dices no a tu trabajo, a tu productividad y a tus planes. Llevamos años intentando “organizarnos”, o “gestionar el tiempo”, cuando lo que deberíamos hacer es aprender a no desorganizarnos y a gestionar nuestras emociones, especialmente nuestros miedos. Y cambiar nuestra actitud, en lugar de tratar de cambiar a los demás. Pero no vemos eso, tenemos demasiado “follón” para detenernos a pensar y ver qué ocurre.

Una de las herramientas que uso en el trabajo con mis clientes, son unas hojas de registro de lo que hacen a lo largo del día. Aunque son sencillas, técnicamente son un análisis transaccional, la plasmación escrita de la diferencia de comportamiento entre lo que se supone que deberían hacer y lo que realmente hacen. Se trata de sacar conclusiones y acciones de mejora.

Los resultados son demoledores. La media, comprobada durante años, es que una persona pierde diariamente, debido a interrupciones e imprevistos, la friolera de 3 horas. Tres horas cada día, todos los días de su vida.

Pero las personas no lo ven y, por lo tanto, no lo saben. De lo único que suelen ser conscientes es de que el día se ha agotado y de que no han hecho nada, o casi nada. Son conscientes de que han ido todo el día corriendo con la lengua fuera, pero ni recuerdan lo que han hecho. Te suena, ¿no?

Podemos atender esas consultas de nuestros colaboradores, leer y responder montañas de e-mails, atender llamada tras llamada, o mirar el WhatsApp a cada “pito” Pero como se trata de segundos o minutos de distracción, no tenemos capacidad de ver el bosque en toda su magnitud, esas tres o más horas que se han evaporado sin saber cómo ni por qué.

Así que he decidido hacer un pequeño cálculo, esperando arrojar luz y consciencia entre la diferencia que hay entre decir que sí, y decir que no. Permíteme calcular los costes que, tal vez, estés pagando por “esa pequeña diferencia”

  • 3 horas diarias de imprevistos, urgencias e interrupciones, son 15 horas a la semana.
  • 15 horas semanales, son 60 cada mes.
  • 60 horas durante 11 meses, son 660 horas al año.
  • Y 660 horas al año, divididas en jornadas de 8 horas, son 82,5 jornadas o, lo que es lo mismo, 4,12 meses al año que se evaporan. ¿puedes creerlo?
¿Entiendes ahora por qué estamos a la cabeza de los países de occidente en horas trabajadas, a la vez que estamos en la cola en productividad?

Y para colmo, presumimos de nuestra capacidad de improvisación. Cuando los alemanes, ingleses u holandeses, ya han acabado, han ido al gimnasio y están en casa cenando, nosotros aún estamos agobiados en nuestro puesto de trabajo. ¡Olé!

La buena noticia es que, si lo deseas o lo necesitas, eso se puede cambiar.

La mala es que no puedes hacerlo tú solo. No puedes hacerlo por varias razones, te voy a dar algunas:

  • No puedes arreglar un problema del que tú eres la causa.
  • No puedes arreglar un problema del que sabes muy bien los efectos, pero no sabes concretamente qué es lo que los causa.
  • Nadie es buen juez de sí mismo, nuestro propio ego nos convencerá de que nosotros hacemos lo correcto, que la culpa es de los demás.
  • No basta con intentarlo, hay que perseverar y ejercitar una dura disciplina hasta que los nuevos comportamientos se conviertan en “habituales”, y no te imaginas lo que eso puede doler…
  • Tampoco tienes las herramientas necesarias para ese cambio.
  • Aún no tienes la motivación suficiente. ¿Qué cómo lo sé?, muy fácil, responde: ¿por qué no lo has hecho ya?, ¿Cuánto tiempo llevas intentando organizarte y gestionar el tiempo?
  • Nadie puede cambiarse a sí mismo, salvo que la vida te imponga una severa sanción y te obligue. Nadie cambia por gusto, sino por necesidad.
Así que, si ya empiezas a estar harto de intentarlo, si tu orgullo y tu ego no te impiden pedir ayuda para mejorar tus resultados, tu organización y tu calidad de vida, te propongo que charlemos.

Hablar conmigo e informarse es gratis, y conocer las herramientas también.

Leer los testimonios de muchas personas que han decidido dar un cambio a mejor a su empresa y a su vida, está aquí, a la distancia de un clic.

Y yo estoy a la distancia de una llamada de teléfono, ¿quiere que hablemos de ti, o prefieres esperar a tener tiempo, a estar organizado?

También puedes escribir abajo lo que opines o te apetezca, yo lo hago.


Sobre el autor

Fermín Lorente

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Entrenador personal de directivos y empresarios. Experto en mejorar resultados empresariales. Formador en organización empresarial y en liderazgo.

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